La soberanía no se negocia
Hay una frase que resume buena parte de la tragedia política latinoamericana: cuando un país -como Venezuela y/o Colombia- renuncian a su soberanía por miedo, deja de gobernarse a sí mismo.
No importa cuál sea la justificación. Puede llamarse cooperación internacional, lucha contra el narcotráfico, defensa de la democracia o seguridad hemisférica (Plan Colombia 2.0). Si las decisiones fundamentales de una nación terminan condicionadas por la voluntad de una potencia extranjera -como EEUU- , la soberanía deja de ser un principio constitucional para convertirse en un simple discurso patriótico.
Desde esta perspectiva, la actuación de Estados Unidos frente al secuestro de Nicolas Maduro representa mucho más que un episodio de confrontación política. Para quienes consideran que se trata de una actuación ilegítima, el mensaje es inquietante: la superpotencia se reserva el derecho de decidir quién puede gobernar y quién debe responder ante sus tribunales. El debate, entonces, ya no gira únicamente alrededor de una persona. Gira alrededor del precedente que se construye para toda América Latina.
Mientras tanto, en Colombia ocurre otro fenómeno igualmente preocupante: el silencio.
No el silencio de la censura abierta, sino el silencio selectivo. Ese silencio de los medios de prensa colombianos que callaron los antecedentes mafiosos de Abelardo de la Espriella y sus connotados clientes mafiosos y paramilitares. Esos medios que deciden qué escándalos ocupan semanas enteras de titulares y cuáles apenas reciben atención. Esos medios que convierten unas denuncias en noticias permanentes mientras otras quedan relegadas al margen del debate público.
Cuando existen cuestionamientos públicos sobre la participacion de Abelardo de la Espriella en negocios con narcotraficantes y paramilitares, la obligación del periodismo no es proteger ni condenar de antemano. Su deber consiste en investigar con el mismo rigor que exige para cualquier otro actor del poder. La democracia no necesita periodismo militante; necesita periodismo independiente.
Noticia de New York Times sobre ADLE
El problema aparece cuando una parte importante de la ciudadanía empieza a percibir que ese equilibrio se rompe. Cuando algunos sectores parecen inmunes al escrutinio mientras otros son sometidos diariamente al juicio mediático, la confianza en la prensa comienza a erosionarse.
Y esa pérdida de confianza tiene consecuencias profundas.
Porque una democracia no se destruye únicamente con tanques o golpes de Estado. También puede debilitarse mediante la normalización del miedo y de la obediencia.
Durante décadas, Colombia ha vivido bajo una lógica que parece repetirse una y otra vez: aceptar cualquier nivel de subordinación internacional con tal de evitar un mal mayor. Siempre existe una amenaza que justifica ceder un poco más de autonomía. Siempre aparece un enemigo tan poderoso que obliga a guardar silencio.
Pero la historia enseña que las naciones no pierden su independencia de un día para otro. La entregan gradualmente. Primero renuncian a cuestionar ciertas decisiones. Después aceptan que otros definan sus prioridades. Finalmente terminan convencidas de que obedecer es la única forma de sobrevivir.
Ese es el verdadero costo de cambiar soberanía por tranquilidad.
Porque una paz construida sobre la renuncia permanente a decidir por cuenta propia no es paz. Es dependencia. Es un virreinato.
Y una prensa que selecciona cuidadosamente aquello que investiga y aquello que prefiere ignorar deja de cumplir una de sus funciones esenciales: vigilar al poder sin importar quién lo ejerza.
La soberanía no consiste en izar una bandera cada 20 de julio ni en pronunciar discursos patrióticos: "Firmes por la patria"!. La soberanía se demuestra cuando un Estado puede tomar decisiones sin tutelas externas, cuando la justicia actúa sin presiones y cuando los medios investigan sin privilegios ni temores.
Quizá la pregunta más importante de nuestro tiempo no sea qué piensa Donald Trump sobre Colombia. La pregunta es mucho más incómoda: ¿qué estamos dispuestos a entregar para conservar su aprobación?
Porque ningún país pierde su soberanía por una amenaza externa.
La pierde mucho antes, cuando sus dirigentes, sus élites y sus centros de poder empiezan a creer que obedecer es más conveniente que ser libres.

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