Nueva Macondia Cap 1


Capítulo I
Los hijos del polvo y del miedo

Cien años después de la última peste de insomnio, cuando ya nadie recordaba con certeza qué era verdad y qué era propaganda, la República de Nueva Macondia eligió presidente al doctor De la Espriella.

La mañana siguiente a las elecciones amaneció igual que todas las demás: el sol salió por el oriente, los gallinazos giraron sobre los techos de zinc y los vendedores de lotería anunciaron los números ganadores con la misma voz resignada de siempre. Sin embargo, algo había cambiado en el aire.

Los viejos del pueblo decían que el viento olía a cuartel.

No era un olor real. Era una sensación antigua, heredada de los abuelos que habían sobrevivido a las guerras civiles, a las masacres, a los estados de sitio y a los gobiernos que hablaban de paz mientras fabricaban enemigos.

Trece millones de personas habían votado por él.

No porque ignoraran quién era.

No porque desconocieran sus insultos.

No porque nunca hubieran escuchado sus amenazas.

No porque ignoraran sus negocios oscuros.

Lo habían votado sabiendo.

Lo habían votado precisamente porque sabían.

Durante décadas, aquella parte del pueblo había acumulado un cansancio espeso como el barro de los pantanos. Habían visto pasar presidentes, congresistas, generales, obispos, tecnócratas y revolucionarios reciclados. Todos prometían salvación. Todos terminaban pareciéndose demasiado entre sí.

Entonces apareció él.

No prometía ser bueno.

Prometía ser fuerte.

No prometía justicia.

Prometía victoria.

No prometía unión.

Prometía enemigos.

Y eso, para millones de personas, resultó más convincente.

Porque el miedo llevaba generaciones gobernando sus corazones.

Miedo al vecino.

Miedo al pobre.

Miedo al extranjero.

Miedo al desempleado.

Miedo al campesino organizado.

Miedo al estudiante.

Miedo al sindicalista.

Miedo al periodista.

Miedo al profesor.

Miedo incluso a sus propios hijos cuando regresaban de la universidad hablando palabras extrañas como derechos, igualdad o dignidad.

El miedo era el idioma común de aquella nación.

Había sido cultivado durante cien años con la paciencia con que se cultivan los cafetales.

Los noticieros lo regaban todas las noches.

Los púlpitos lo bendecían.

Los poderosos lo financiaban.

Y las redes holográficas del siglo XXII lo multiplicaban hasta convertirlo en una atmósfera permanente.

Así surgió aquella extraña tribu política.

No estaba formada únicamente por ricos.

De hecho, la mayoría no lo eran.

Eran tenderos que soñaban con ser magnates.

Conductores que soñaban con ser propietarios.

Empleados que soñaban con ser patrones.

Hombres y mujeres convencidos de que algún día abandonarían la fila de los de abajo para sentarse entre los de arriba.

Vivían defendiendo fortunas que no poseían.

Protegían privilegios que jamás disfrutarían.

Y combatían enemigos inventados mientras los verdaderos dueños del país ni siquiera conocían sus nombres.

Pero eso nunca les preocupó.

La esperanza no consistía en cambiar las reglas.

Consistía en ganar el juego.

Aunque el juego estuviera amañado.

Aunque las cartas estuvieran marcadas.

Aunque el casino perteneciera a otros.

Lo importante era conservar la ilusión de que algún día serían ellos quienes ocuparían el penthouse flotante sobre las nubes tóxicas de Bogotá Elevada.

Los sociólogos de la época intentaron describirlos.

Los filósofos escribieron bibliotecas enteras.

Los algoritmos gubernamentales procesaron billones de datos.

Nadie logró comprenderlos del todo.

Porque sus motivaciones eran contradictorias.

Despreciaban al Estado, pero exigían protección.

Condenaban la corrupción, pero admiraban al corrupto exitoso.

Predicaban valores religiosos mientras aplaudían la crueldad cuando era ejercida contra sus adversarios.

Defendían la libertad de expresión hasta que alguien expresaba algo que no les gustaba.

Y proclamaban amor por la patria mientras entregaban gustosamente sus recursos estratégicos a corporaciones extranjeras que jamás visitarían sus barrios.

En el fondo, sin embargo, existía una lógica.

Una lógica sencilla.

Creían que la vida era una guerra.

Y en una guerra no gana el más justo.

Gana el más fuerte.

Por eso admiraban al presidente electo.

Lo veían como un espejo.

No del país que tenían.

Sino del país que deseaban ser.

Un país donde nadie pidiera permiso.

Donde la compasión fuera considerada una debilidad.

Donde la riqueza fuera una prueba de superioridad moral.

Donde la pobreza fuera interpretada como un fracaso personal.

Donde la obediencia fuera recompensada y la rebeldía castigada.

La noche posterior a las elecciones hubo celebraciones en todo el territorio.

Los drones lanzaron fuegos artificiales sobre las ciudades.

Las pantallas gigantes transmitieron discursos triunfales.

Las iglesias repicaron campanas.

Los mercados financieros ascendieron como globos llenos de helio.

Y en las plazas públicas aparecieron gigantescas imágenes del presidente con uniforme oscuro y mirada de conquistador.

Muchos lloraron de felicidad.

Creían haber recuperado el control de sus vidas.

No comprendían que, en realidad, estaban entregándolo.

Pero las tragedias históricas raramente comienzan con gritos de dolor.

Comienzan con aplausos.

En algún lugar de la vieja Macondo, ya convertida en una ciudad semienterrada bajo dunas de polvo amarillo, una anciana de ciento treinta años observó las transmisiones desde una mecedora carcomida.

Había visto pasar guerras, revoluciones, acuerdos de paz, golpes de Estado y restauraciones.

Había visto héroes convertirse en tiranos y tiranos convertirse en estatuas.

Miró las pantallas durante largo rato.

Después cerró los ojos.

Y pronunció una frase que nadie escuchó porque el viento se la llevó hacia los platanales muertos.

—Otra vez están confundiendo el miedo con la esperanza.

Y mientras la multitud celebraba, los relojes de la República comenzaron a atrasarse exactamente un minuto por día.

Nadie supo explicarlo.

Pero muchos años después, cuando llegaron las primeras desapariciones, los primeros campos de extracción y las primeras leyes de obediencia nacional, algunos recordarían aquel fenómeno.

Entonces comprenderían que el tiempo mismo había intentado advertirles.

Y que, una vez más, nadie quiso escucharlo.

Comentarios

  1. así la situación, las pasiones humanas sobre la razón; no hemos podido salir del túnel, afortunadamente la resiliencia se mantiene

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