Salario mínimo: la trampa del discurso tacaño

Por Ruben Fernando Morales Rey 

Mal si no les dan a los pobres, y mal si les dan.

Porque el salario mínimo —dicen— ya es casi miseria… jeje, no se entiende.

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Parece que, para algunos, lo mejor es que no les den nada y que el hambre o la inflación se traguen vivos a los obreros asalariados.

Desde su tacañería y mala intención, plantean la jugada: como “todo sube cada año”, entonces —afirman— los salarios deben quedar congelados, apenas ajustados al raquítico rasero de la inflación. Así razonan los sabiondos periodistas y columnistas rentados de los medios del sistema, hoy convertidos súbitamente en “grandes economistas” sin serlo.

Repiten, mezquinamente, los mismos cálculos mentirosos de la derecha jurídica y económica: cifras infladas, proyecciones alarmistas, cuentas “técnicas” año a año. Dicen que un aumento del salario mínimo del 23 %, superior a la inflación o al histórico promedio del 10 %, quebrará a los empresarios.

Rematan el argumento de manera incoherente, malintencionada y políticamente antiética —excluyendo de entrada a los millones de asalariados beneficiados, sector que precisamente recibe el aumento—, y aseguran que los verdaderos perjudicados serán los pobres informales, los trabajadores sin contrato y las pequeñas y medianas empresas.

Según ellos, Petro no busca mejorar el ingreso de las familias asalariadas: lo que quiere —dicen— es “matar” a los pobres, destruir las pequeñas empresas, provocar despidos masivos, aumentar la informalidad y ahogar a las empresas.

LEA AQUI Lo que dice VANGUARDIA

Conclusión chata.

Lo que realmente ocurre cuando sube el salario

La realidad es otra, y además es capitalista, no socialista.

Con el aumento del salario sube el consumo. Y con más salario, aumenta automáticamente el poder adquisitivo. Al crecer la demanda, debe crecer la oferta: se producen más bienes, se venden más productos y, matemáticamente, aumenta la rentabilidad empresarial.

Este argumento se sostiene por sí solo, sin necesidad de recurrir a Marx, a la plusvalía o a críticas profundas al sistema. Basta con usar las propias leyes del mercado capitalista: oferta, demanda, producción, rotación e inventarios. Adam Smith basta. Marx ni siquiera es necesario —aunque, por cierto, no lo entenderían.

Cuando aumenta la producción, los costos unitarios bajan y los precios tienden a disminuir. Es el mismo principio detrás de las promociones “2x1” o “pague uno, lleve dos”. No es magia: es economía capitalista básica.

A más ventas, más ganancias.

Así se derrumba, por su propio peso, el argumento tramposo de la quiebra de los informales o de las pequeñas empresas. Es un búmeran: saliva lanzada hacia arriba que regresa y cae en la cara del que escupe.

Un ejemplo simple

Si yo gano 1.000 y me aumentan el salario en un 23 %, ahora gano 1.230.

El pobre no ahorra: gasta.

Esos 230 adicionales van directamente a las empresas.

Si una arrocera producía 1.000 arrobas y el mercado —o el hambre— ahora le exige 1.230, ¿qué hace el empresario? ¿Deja de producir? ¿Pierde? No. Produce más. Atiende el nuevo mercado.

¿Suben los precios? No.

Por la misma ley capitalista, a mayor producción, menor precio unitario, especialmente si se utiliza la misma capacidad instalada.

Ahora bien, si la empresa necesita ampliar o tecnificar su planta, ese es otro debate. Pero en cualquier caso, la producción adicional exige más trabajo.

O se contrata más personal, o se intensifica la explotación. Suponiendo que los empresarios no sean negreros, lo lógico es aumentar la nómina.

Si tenía 1.000 obreros, necesitará aproximadamente 230 más.

¿Eso es malo para el empleo?

No: reduce la informalidad, aumenta la ocupación y disminuye el desempleo.

La clave: rotación y volumen

La ganancia no está solo en el precio, sino en la rotación de inventarios.

Quien vende poco y caro, gana menos que quien vende mucho y barato.

El vendedor de dulces en la calle gana no por el valor de cada dulce, sino por la cantidad de ventas. El mendigo no acumula riqueza por la moneda, sino por la repetición.

Rotación.

Si una empresa vende 230 arrobas más, luego venderá 2.230, luego 2.230.000.

¿Quién pierde cuando se produce y se vende más?

Nadie.

Gana el obrero.

Gana el empresario.

Gana el empleo.

Gana el consumo.

Gana la productividad.

Gana la nación.

Estas no son lógicas socialistas. Son las normas del capitalismo clásico, conceptualizadas por Adam Smith.

Conclusión

Aumentar el salario mínimo beneficia a todos.

Aumenta el PIB, el ingreso per cápita, la producción, el empleo y —sí— la felicidad social.

En sentido contrario, cuando el salario no sube al ritmo de la inflación, todo cae: producción, ingresos, empleo y poder adquisitivo. Y todo se vuelve más caro.

Es la misma ley capitalista de oferta y demanda.

¿Que la nómina aumenta? Sí.

Pero la economía no es estática: es dinámica.

Con 53 millones de consumidores, el problema no es el salario: es el control de precios, los monopolios, la concentración económica y la privatización de servicios públicos estratégicos, como la energía, hoy fuera del control democrático del Estado.

Ese es el verdadero debate que muchos columnistas evitan.

Lo demás —el miedo al aumento salarial— no es economía:

es ideología.



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