UNIDAD SIN INGENUIDAD
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RESPUESTA DE MAURICIO GARCIA:
Apreciado filósofo y catedrático devenido en candidato, Humberto Salazar:
En el vaivén de la política, donde los discursos cambian de piel como reptiles viejos, uno aprende —a golpes— que la unidad no es un acto de buena voluntad, sino una virtud que exige lucidez. El maestro Carlos Gaviria hablaba de unidad sin ingenuidad, recordándonos que la armonía verdadera no nace del silencio ante lo injusto, sino del carácter que se mantiene firme aun cuando el entorno invita a la claudicación.
Desde mi opinión personal, sigo prefiriendo caminar del lado de los perdedores —aquellos que resisten, los que no entregan su dignidad como prenda de negociación— antes que mezclarse con los perdidos, que confunden conveniencia con destino. No estoy dispuesto a tragar sapos ni ranas vestidas de guacamayas. No es altivez: es límite. Es la modesta virtud de quien sabe que la conciencia, una vez cedida, no se recupera.
La política suele plantear un dilema entre la eficacia y la coherencia. Sin embargo, un proyecto que renuncia a su raíz ética para alcanzar el poder termina vaciándose por dentro y destruyéndose desde su propio éxito. En ese terreno, la negociación indiscriminada con la derecha —ese intercambio de avales, favores y cuotas— puede convertirse en un desvío que nos aleja del propósito inicial: transformar la realidad, no justificarla.
Desde mi opinión personal, me resulta difícil aceptar que quienes se autoproclaman fuerzas progresistas insistan en reciclar prácticas que nuestra historia ya ha demostrado como corrosivas. ¿Pasar la página de la vergonzosa asamblea de Corferias? No. Porque pasar la página sin comprenderla es volver a escribir la misma tragedia.
La dificultad de Colombia Humana para ingresar plenamente al Pacto Histórico no es sólo táctica; es también ética, identitaria, espiritual. Y tal vez por eso la lucha será larga: porque el camino que se elige cuando se decide resistir es siempre un camino extendido, lento, pero fértil.
Y es que la memoria no es un adorno: es una cicatriz que enseña. Las madres de Soacha han podido perdonar, sí, pero no han olvidado. Y no olvidar es una forma de virtud. La justicia, decía Séneca, no se ejerce para calmar resentimientos, sino para recordar que la dignidad humana es un límite infranqueable.
Por eso creo, que la política en Bucaramanga y en Colombia debe volver a ser un ejercicio de carácter: una vida examinada, no una feria de indulgencias.
Que el rumbo sea claro:
Una Bucaramanga justa, social y en derecho.
Una ciudad donde la unidad sea virtud, no excusa.
Y donde la firmeza no sea arrogancia, sino coherencia.

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